Un camí cap a l'autèntic autoconeixement

DANA Y LAS TRES DIOSAS (primera parte)

Un relato dedicado a todas las mujeres, sobre todo a las que han aprendido a amar más a los suyos que a ellas mismas.

Después de olvidarme por más de un mes de mi blog, hoy decido reemprender de nuevo mis posts. Ni me ha dado cuenta y en un plis-plas nos vemos abocados a esa zona muerta, o mejor dicho, que a veces dejamos morir sin llenarla de nutrientes psicológicos y emocionales. Me refiero al descanso, al silencio, a viajar, a contemplar, a contemplarnos, a respirar, a compartir, a conversar, a reir…

En este reencuentro con las letras, las páginas, la reflexión, el autoconocimiento y el crecimiento personal, he pensado que os apetecería leer este relato. Fue un encargo de una de mis coachées, quien me pidió que le construyera su “relato pedagógico”. Evidentemente, no soy quien para desvelar su identidad. Dependerá de ella que pueda aportar o comentar algo de su experiencia al leerlo una vez realizado.

Esta es la primera parte de las dos en las que he dividido el relato. Espero que la disfrutéis así como vuestros comentarios:

La observadora

Dana miraba el mundo a través de unos cristales empañados. Veía pasar el tiempo en forma de estaciones y dejaba arrastrar sus emociones por los fenómenos asociados a ellas. Si llovía, lloraba. Si hacía sol, se le iluminaban los ojos, si hacía viento, la fantasía volaba y huía, y si las nubes tapaban el cielo, una bruma espesa le invadía el cerebro y se agobiaba. Entretanto, desde la pared, el tictac del reloj le tiraba flechas dolorosas, recordando el paso inexorable de los días y que la vida es efímera.

Entonces, al advertir que hacía demasiado tiempo que permanecía sentada y quieta detrás de la ventana, haciendo de espectadora inmóvil de un mundo en movimiento, le entraba una sensación de inquietud y culpabilidad, se levantaba y se activaba, haciendo las tareas de siempre: preparar la ropa de los niños para el día siguiente, hacer la cena o atender la logística de la casa.

Cuando lo hacía no pensaba, se distraía y dejaba de sentir lo que no le gustaba sentir, sin ser consciente de que lo único que hacía era posponer la angustia y el malestar. Poco después, llegaba el agotamiento físico y se sentaba en el sofá, en medio de un comedor insoportablemente silencioso.

Y cuando frenaba la frenética carrera por los pasillos del hogar, la asaltaba de nuevo aquel deseo recurrente, desde hacía ya una década, de hacer un salto diez años atrás para disfrutar mejor de determinados momentos y experiencias. Y cuando se iba a la cama, agotada, aparecía el conocido ego rumiador y era arrollada de nuevo por el torbellino vertiginoso de sus ideas circulares.

En otras ocasiones, trataba de sosegarse pensando que la existencia está repleta de rutinas, mires como lo mires, y le venían a la cabeza imágenes de “El día de la marmota”. Aunque tampoco le servía demasiado, ya que sufría y se desesperaba, como Bill Murray, al experimentar el maldito devenir repetitivo y previsible de los días. Jugando ella sola a saltar inconscientemente de un vértice al otro de un triángulo tóxico, pasaba de victimizarse a agredirse, ya que después, para calmarse, hacía un esfuerzo para pensar que era privilegiada, comparándose con desgracias peores, censurando así, sus vocecitas interiores de autocompasión.

Otras veces también se perfilaba en su memoria el semblante afable y paciente de su padre que le decía que nunca se olvidara de mostrar una sonrisa bondadosa y que no se preocupara, ya que sólo estamos aquí de paso. Pero Dana estaba muy cansada e instinto e intuición comenzaban a hacer hervir muy adentro una olla llena de savia rebelde. Latía un deseo intermitente pero muy intenso de romper con la rutina y salir de aquella vivencia de clausura que le estaba dañando las alas.

El perro blanco

Como cada año, el frío se fue y las primeras flores blancas brotaron de los brazos de los árboles. La primavera ya calentaba la cara de la Dana tras la ventana y la actitud contemplativa durante el rato del café ahora se trasladó al porche exterior. Un día, algo diferente pasó, algo de lo que sólo se dan cuenta las personas que aprenden la virtud de fijarse en las cosas cotidianas; porque, en el fondo, no hay nada igual a nada.

Un perro blanco, grande y peludo, pasó corriendo como un rayo entre los matorrales del otro lado del camino, a unos 50 metros del pequeño jardín de la casa de Dana. Ver un perro pasar por aquel lugar no era noticia, pero en este caso no iba atado ni acompañado de ningún ser humano. También le pareció ver que se le caía un objeto de la boca, de color blanco, del tamaño de una taza de café.

Su niña agazapada detrás de un gran corazón fantaseó que podía ser un mensaje secreto encerrado en una botella, pero la autocensura adulta y madura le dictó que sería una piedra con la que jugaba el perro.

Por la noche, los sueños de la Dana estuvieron repletos de puertas que se abrían y cerraban de forma monótona y repetida, movidas por una corriente de aire bipolar, que cambiaba de dirección tan frecuentemente como sus estados de ánimo. Unas puertas insinuaban una profunda negrura al otro lado y otras dejaban entrar una luz brillante que parecía tomar la forma de un gran perro blanco.

Empujada por la presencia firme del animal, entendió y aceptó el reto de acercarse a una de las puertas. Ya muy cerca, cogió el pomo temblorosa pero con firmeza, para impedir que se cerrara en algún repentino vaivén. Justo en ese instante, la puerta se sacudió con violencia, haciendo tambalear a Dana. Después de unos segundos de esfuerzo para mantener el equilibrio, acabó cayendo al otro lado, precipitándose por un pozo negro y profundo, rodeado de lamentos de miedo, súplicas y advertencias, de voces que le parecieron muy cercanas y conocidas.

Dana se despertó de repente, sudada y temblorosa y observó a su marido, que dormía profundamente. Como otras veces había hecho, quiso abrazarlo con fuerza y ​​pedirle que la calmara y la protegiera, pero notó la mirada firme del perro blanco y se quedó tumbada boca arriba, decidida a empezar a conectar con la soledad voluntaria, la que engendra autonomía.

Con ello, se imaginó que rozaba cuidadosamente una lámpara, de donde surgía un genio que le ofrecía tres deseos, y se fue durmiendo, abrazada por una tibia presencia invisible que la llenaba de energía.

La llamada de Afrodita

Al día siguiente, su olvidado espíritu curioso parecía haber renacido y en el camino de vuelta de la escuela, pasó por el lugar donde había visto el día anterior al animal albino y de pelo largo. Buscó entre los matorrales aquel recipiente que había visto caer supuestamente de entre los dientes del animal y, cuando ya daba por terminada la búsqueda sin éxito, de reojo vislumbró un objeto transparente en medio de unas zarzas.

Alargó el brazo y, con una mano apartando los pinchos, pudo coger lo que resultó ser un pequeño pote de plástico tapado con un tapón de rosca. Se lo acercó hasta un par de palmos de la cara, analizando qué había en el interior. Aun cubierto de gotas de rocío más un par de gotas de sangre fruto de un pequeño rasguño de la que ni se había dado cuenta, distinguió algunos trozos de papel doblados.

Algo estaba cambiando en el mundo cotidiano de Dana. Era como si el universo hubiera orientado un foco de luz intensa por unos momentos hacia aquel lugar que diariamente pasaba desapercibido como cualquier otro y la hubiera convertido en un escenario privilegiado, donde lo de menos eran los espectadores. Aquella mañana de primavera, los dedos esbeltos y elegantes de Dana se dispusieron a desenroscar lentamente y con plena conciencia el tapón del recipiente que el perro blanco le había ofrecido.

Era como si, al darle vueltas en el sentido contrario de las agujas del reloj, Dana estuviera frenando el tiempo, haciendo salir de él un lamento agudo. Y ocurrió que una diosa dormida escuchó esta llamada. Afrodita fue despertando de su letargo, mientras los dedos de Dana seguían nerviosos e ilusionados su camino. Y sacaron de dentro del pote uno de los tres papeles doblados que contenía y lo leyó: “cumplirás tu deseo de bañarte desnuda en el mar, a solas contigo, mientras cierras los ojos a la luna y respiras la vida en silencio. Sólo cuando hayas hecho esto, podrás abrir el segundo papel doblado”.

(Continuará…)

LA DIOSA AFRODITA

Leave a comment

L'adreça electrònica no es publicarà. Els camps necessaris estan marcats amb *

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies
%d bloggers like this: